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sábado, 22 de febrero de 2020

‎«¡OTAN Go Home!»‎

Hace dos décadas que las tropas de Estados Unidos imponen su “ley” en el Gran ‎Medio Oriente. Los Estados de varios países han sido destruidos, supuestamente para ‎defender a sus pueblos. En realidad, poblaciones enteras han sufrido la dictadura de los ‎islamistas. Pueblos enteros han sido víctimas de crímenes de masas y se han desatado hambrunas ‎de forma deliberada. El presidente Donald Trump ha obligado ‎sus generales a traer las tropas de regreso pero el Pentágono pretende seguir adelante ‎con su empresa de destrucción… utilizando ahora los soldados de la OTAN.‎
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El 12 de febrero de 2020, el general estadounidense Tod D. Wolters, Comandante Supremo de ‎las fuerzas de Estados Unidos en Europa y Comandante Supremo de la OTAN, llega al Consejo del Atlántico Norte.‎
El presidente Donald Trump dedicará el último año de su actual mandato a traer los boys ‎de regreso a casa. Todas las tropas estadounidenses desplegadas en el Gran Medio Oriente (o ‎Medio Oriente ampliado) y en África se retirarían por orden del presidente. Pero esa retirada de ‎los militares estadounidenses no significa el fin de la influencia de Estados Unidos en esas ‎regiones del mundo. ‎

La estrategia del Pentágono

Desde el año 2001, Estados Unidos adoptó en secreto la estrategia que habían enunciado ‎Donald Rumsfeld y el almirante Arthur Cebrowski –estrategia que fue incluso una de las razones ‎de los hechos del 11 de septiembre. Sólo 2 días después de los atentados del 11 de septiembre, ‎el coronel Ralf Peters mencionaba esa estrategia en la publicación de las fuerzas terrestres de ‎Estados Unidos [1] y 5 años después fue ‎confirmada con la publicación del mapa, trazado por el estado mayor ‎estadounidense, que mostraba los contornos del nuevo Medio Oriente [2]. ‎
Thomas Barnett, asistente del almirante Cebrowski, se ocupó de describir detalladamente esa ‎estrategia en un libro tituladoThe Pentagon’s New Map (“El nuevo mapa del Pentágono”) [3].‎
Inicialmente, había que adaptar las misiones de los ejércitos estadounidenses a una nueva forma ‎de capitalismo donde la finanza prevalece ante la economía. Habrá que dividir el mundo en ‎dos sectores separados. De un lado estarían los Estados estables integrados a la globalización, ‎incluyendo Rusia y China; del otro lado quedaría una amplia zona destinada sólo a la explotación ‎de sus materias primas. Por eso lo más conveniente es debilitar al máximo las estructuras de ‎los Estados en los países que quedan dentro de esa “reserva de recursos” –lo ideal sería destruir completamente ‎los Estados de esos países– para impedir que sus poblaciones puedan organizarse y alcanzar algún ‎tipo de desarrollo. Ese «caos constructor», según la fórmula utilizada por Condoleeza Rice ‎cuando era miembro de la administración Bush, no debe confundirse con el concepto rabínico ‎homónimo… aunque los partidarios de la teopolítica han hecho todo lo posible para alimentar esa ‎confusión. No se trata de destruir un orden “malo” para construir uno mejor sino de destruir ‎toda forma de organización humana para hacer imposible cualquier forma de resistencia de los ‎pobladores y permitir que las transnacionales puedan explotar los territorios de esa segunda zona ‎sin encontrar ningún tipo de obstáculo de orden político. Por consiguiente, se trata de un ‎proyecto colonial en el sentido anglosajón del término, que no debe confundirse con el tipo de ‎colonización que implica el envío de colonos y su implantación en las tierras colonizadas. ‎
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Según este mapa, extraído de un Powerpoint presentado en 2003 por ‎Thomas P. M. Barnett en una conferencia impartida en el Pentágono, habría que destruir ‎todas las estructuras de los Estados en los países situados en el área rosa‎.
Al iniciar la aplicación de esta estrategia, el presidente estadounidense George Bush hijo habló de ‎‎«guerra sin fin». En efecto, ya no se trata de ganar guerras y de derrotar adversarios sino ‎de manejar los conflictos para hacerlos durar el mayor tiempo posible –Bush habló específicamente de ‎‎«un siglo». ‎
Esa es la estrategia que ha venido aplicándose en el «Gran Medio Oriente», que abarca todo el ‎territorio que va desde Pakistán hasta Marruecos, todo el «teatro de operaciones» del CentCom ‎estadounidense, y el norte del territorio que el Pentágono atribuye al AfriCom. ‎
En el pasado, los soldados estadounidenses garantizaban el acceso de Estados Unidos al ‎petróleo del Golfo Pérsico –siguiendo la «doctrina Carter». Hoy en día están desplegados en ‎una zona 4 veces más amplia y su objetivo es acabar con cualquier forma de orden. Así fueron ‎destruidos los Estados de Afganistán (a partir del 2001), de Irak (a partir de 2003), de Libia ‎‎(a partir de 2011), se trató de destruir el Estado sirio (a partir de 2012), y se destruyó ‎el Estado en Yemen (a partir de 2015), de manera que esos países ya no son capaces de ‎proteger a sus ciudadanos. ‎
En resumen, a pesar del discurso oficial, el verdadero objetivo nunca fue derrocar «regímenes» ‎sino destruir Estados e impedir su resurgimiento. Por ejemplo, la caída de los talibanes –‎hace 19 años– no mejoró la situación de los afganos, que más bien ha seguido empeorando ‎desde entonces. El único contraejemplo podría ser el caso de Siria, país que, conforme a su ‎tradición histórica, ha logrado preservar su Estado a pesar de la guerra y que, aun con su ‎economía prácticamente en la ruina, ha logrado capear el temporal. ‎
De paso, hay que señalar que el Pentágono nunca consideró Israel como un Estado del Medio ‎Oriente sino como un Estado europeo, lo cual quiere decir que Israel no debe verse perjudicado ‎por la estrategia que acabamos de describir. ‎
En 2001, el coronel estadounidense Ralf Peters aseguraba entusiasmado que la limpieza étnica ‎‎«¡funciona!» (sic) pero que las leyes de la guerra prohibían a Estados Unidos poner en práctica ‎ese recurso… al menos directamente. Eso explica la transformación de al-Qaeda y la creación del ‎Emirato Islámico (Daesh), que hicieron lo que el Pentágono quería lograr pero sin poder hacerlo por ‎sí mismo ni públicamente. ‎
Para entender bien la estrategia Rumsfeld/Cebrowski, hay que diferenciarla de la operación de las ‎llamadas «primaveras árabes», concebida por los británicos según el modelo de la ‎‎«Gran Revuelta Árabe». El objetivo de las «primaveras árabes» era poner en el poder a la Hermandad ‎Musulmana, exactamente como Lawrence de Arabia puso en ‎el poder a los wahabitas en 1915. ‎
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El objetivo del estado mayor de Estados Unidos, aunque no asumido ‎públicamente, es acabar con las fronteras en el Medio Oriente, destruir los Estados en los ‎países de esa región –sin importar que sean amigos o enemigos– y recurrir a la “limpieza étnica”. ‎
En Occidente no se ve el Gran Medio Oriente como una región geográfica. Sólo se conocen algunos de sus países, que además son vistos como aislados entre sí. Los occidentales se autoconvencen así ‎de que los trágicos acontecimientos que sufren los pueblos del Medio Oriente ampliado son ‎todos provocados por circunstancias particulares –una guerra civil por aquí, por allá el ‎derrocamiento de un dictador sanguinario. Para cada país del Gran Medio Oriente, los ‎occidentales tienen una historia bien escrita que justifica el drama… pero no tienen ninguna que ‎explique por qué la guerra sigue prolongándose y lo último que quieren es que les pregunten ‎sobre ese por qué. Sólo saben denunciar «la negligencia de los americanos», que ‎supuestamente no saben terminar las guerras, y olvidan que los estadounidenses reconstruyeron ‎Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial. También se niegan a ver el hecho que ‎Estados Unidos está aplicando un plan enunciado de antemano, cuya puesta en práctica ya ha ‎costado millones de muertes. Y nunca se sienten responsables de esas masacres. ‎
Hasta los propios responsables estadounidenses se niegan a confesar a sus conciudadanos la ‎estrategia que están aplicando. Por ejemplo, el inspector general estadounidense encargado de ‎investigar sobre la situación en Afganistán redactó un informe donde deplora que el Pentágono ‎haya dejado pasar innumerables ocasiones de hacer posible la paz, cuando en realidad ‎el Pentágono no tiene ningún interés en restablecer la paz. ‎

La intervención rusa

En su intento de destruir los Estados en los países del Gran Medio Oriente, el Pentágono orquestó ‎una absurda guerra civil regional, al estilo de la guerra que ya había provocado entre Irak e Irán ‎de 1980 a 1988. En aquella época, el presidente iraquí Saddam Hussein y el ayatola Khomeini finalmente ‎se dieron cuenta de que sus pueblos estaban matándose entre sí sin ninguna razón y ‎restablecieron la paz, contrariando así los deseos de las potencias occidentales. ‎
Hoy se trata de la supuesta oposición entre sunnitas y chiitas. De un lado, Arabia Saudita y sus ‎aliados y, del otro lado, Irán y sus aliados. En el pasado, la Arabia Saudita wahabita y el Irán del ‎ayatola Khomeini lucharon juntos, bajo las órdenes de la OTAN, en la guerra de Bosnia-‎Herzegovina (1992-1995)… pero eso no importa, como tampoco importa que muchas de las ‎fuerzas que componen el «Eje de la Resistencia» no sean chiitas –el 100% de los palestinos de ‎la organización Yihad Islámica son sunnitas, y también son sunnitas el 70% de los libaneses, el 90% ‎de los sirios, un 35% de los iraquíes y un 5% de los iranies. ‎
Nadie sabe a ciencia cierta por qué luchan entre sí los sunnitas y los chiitas, y el mundo occidental ‎‎–encabezado por Estados Unidos– los incita a seguir matándose.‎
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Al menos la tercera parte de los pueblos reunidos en el “Eje de ‎la Resistencia”, supuestamente chiita, no pertenece a esa rama del islam.
En todo caso, en 2014, siempre en función de sus objetivos, el Pentágono se disponía a forzar el ‎reconocimiento de dos nuevos Estados: el «Kurdistán libre» –una fusión de la franja de suelo ‎sirio que la prensa occidental se empeña a denominar «Rojava» con la gobernación kurda ‎de Irak, territorio al que se agregaría posteriormente una parte de Irán y todo el este ‎de Turquía– y el «Sunnistán» –que debía abarcar la parte sunnita de Irak y el este de Siria. ‎Al destruir así 4 Estados, el Pentágono pensaba abrir el camino a una reacción en cadena capaz ‎de destruir toda la región. ‎
Rusia inició entonces su intervención militar, imponiendo el respeto de las fronteras de la Segunda ‎Guerra Mundial. Por supuesto, el trazado de esas fronteras –resultado de los acuerdos Sykes-‎Picot-Sazonov, adoptados en 1915– es arbitrario y a veces resulta difícil de soportar, pero ‎modificarlo a través del derramamiento de sangre resulta aún peor. ‎
La propaganda del Pentágono siempre ha fingido ignorar lo que realmente está en juego. ‎A veces porque el propio Pentágono no asume públicamente la estrategia Rumsfeld/Cebrowski y ‎también que se empeña en interpretar el regreso de Crimea a la Federación Rusa como una ‎anexión. ‎

El “cambio de pelaje” de los partidarios de la estrategia Rumsfeld/Cebrowski

Al cabo de 2 años de lucha encarnizada contra el presidente Trump, la alta oficialidad ‎del Pentágono, casi toda formada personalmente por el almirante Cebrowski, aceptaró ‎someterse al presidente… pero bajo ciertas condiciones. Los generales aceptaron 
- no crear el Estado terrorista, que iba a ser el «Sunnistán» o Califato; 
- no modificar las fronteras por la fuerza;‎ 
- no mantener tropas estadounidenses en los campos de batalla del Gran Medio Oriente y de ‎África. 
Y ordenaron a su fiel fiscal “independiente” Robert Mueller –a quien ya habían utilizado contra ‎Panamá (en 1987-1989), contra Libia (en 1988-1992) y en el momento de los atentados del 11 de ‎septiembre (en 2001)– que enterrara su investigación sobre el «Rusiagate». ‎
A partir de ahí, todo se ha desarrollado de común acuerdo‎ entre el Pentágono y el presidente Trump. ‎
El 27 de octubre de 2019, Trump ordenó la ejecución del califa Abu Bakr al-Baghdadi, principal ‎figura del bando sunnita. Dos meses después, el 3 de enero de 2020, Trump ordenó también la ‎ejecución del general iraní Qassem Suleimani, principal figura (chiita) del «Eje de la Resistencia». ‎
Habiendo demostrado así que Estados Unidos sigue siendo dueño de la situación, con la ‎eliminación de las personalidades más simbólicas de ambos bandos, el secretario de Estado ‎Mike Pompeo reveló el dispositivo final, el 19 de enero, en El Cairo. Estados Unidos prevé seguir ‎adelante con la estrategia Rumsfeld/Cebrowski, pero no con sus propios ejércitos sino utilizando ‎los ejércitos de los países miembros de la OTAN, y también ‎los de Israel y los de los países árabes. ‎
El 1º de febrero, Turquía oficializaba su ruptura con Rusia asesinando 4 oficiales rusos del FSB ‎en Siria. Inmediatamente después, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan viajó a Ucrania, ‎donde coreó la divisa de los legionarios ucranianos que luchaban contra la URSS junto al ‎III Reich –divisa hoy convertida en lema de la Guardia Nacional ucraniana– y recibió públicamente a Mustafá ‎Yemilev, también conocido como «Mustafá Kirimoglu», el jefe de la brigada islamista ‎internacional conformada por los tártaros antirrusos. ‎
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Reunido en Bruselas, el 13 de febrero ‎de 2020, el Consejo del Atlántico Norte aprueba el despliegue de instructores de la OTAN en el Gran Medio Oriente. ‎
El 12 y el 13 de febrero, los ministros de Defensa de los países miembros de la OTAN, reunidos ‎en Bruselas, tomaron nota de la retirada definitiva de las fuerzas estadounidenses y de la próxima ‎disolución de la coalición internacional contra el Emirato Islámico (Daesh). Durante su encuentro, ‎y aunque subrayaron que no desplegaban tropas combatientes, los ministros de Defensa de ‎la OTAN aceptaron enviar sus soldados a “formar” los soldados de los ejércitos árabes, lo cual quiere decir que en realidad van a supervisar los combates en el terreno.‎
Los “instructores” o “asesores” de la OTAN serán enviados prioritariamente a Túnez, Egipto, ‎Jordania e Irak. De esa manera: 
- Libia quedará atrapada en una tenaza, por el oeste y por el este. Los dos gobiernos libios rivales ‎‎–el de Fayez al-Sarraj, respaldado por Turquía y Qatar y ya con el refuerzo de 5 000 yihadistas ‎enviados desde Siria a través de Túnez, y el gobierno del mariscal Khalifa Aftar, respaldado a su vez ‎por Egipto y por Emiratos Árabes Unidos– podrán seguir matándose entre sí eternamente. Mientras tanto, ‎Alemania, feliz de haber recuperado el espacio internacional que había perdido desde el fin de la ‎Segunda Guerra Mundial, disertará indefinidamente sobre la paz para que no se oigan los ‎estertores de las víctimas agonizantes. 
- Siria quedará rodeada por todos lados. Israel ya es miembrode facto de ‎la OTAN y bombardea a quien quiere y cuando quiere. Jordania ya es el «mejor socio mundial» ‎de la OTAN, tanto que el rey Abdala viajó a Bruselas para mantener –el 14 de enero– una larga ‎reunión con el secretario general de la alianza atlántica, Jens Stoltenberg, y participar en una ‎sesión del Consejo Atlántico. Tanto Israel como Jordania ya tienen cada uno una oficina ‎permanente en la sede de la OTAN. Irak también recibirá “instructores” de la OTAN, a pesar de ‎que el parlamento iraquí acaba de exigir por la retirada de las tropas extranjeras. Turquía ‎es miembro de la OTAN y controla el norte del Líbano a través del grupo Jamaa islamiya. ‎Entre todos, estos países podrán imponer la aplicación de la ley estadounidense denominada ‎‎«Caesar», que prohíbe a todas las empresas del mundo contribuir a la reconstrucción de Siria. ‎
De esta manera, podrá continuar el saqueo del Gran Medio Oriente, iniciado en 2001. ‎Los pueblos martirizados de esta región, que han cometido el error de caer en la división, ‎seguirán sufriendo y muriendo en masa. Estados Unidos podrá mantener sus soldados en casa, ‎bien protegidos, mientras que los europeos tendrán que asumir los crímenes cometidos por los ‎generales yanquis. ‎
Según el presidente Trump, la OTAN podría incluso cambiar su denominación y pasar a llamarse algo así ‎como NATO-ME u OTAN-MO (OTAN-Medio Oriente). Su función antirrusa pasaría entonces a un ‎segundo plano para dar la prioridad a la estrategia estadounidense de destrucción de los Estados ‎en los países de la zona no globalizada. ‎
Pero queda una interrogante. ¿Cómo reaccionarán Rusia y China ante esta redistribución del ‎juego? ‎
Para garantizar la continuación de su desarrollo, China necesita mantener su acceso a las ‎materias primas del Medio Oriente, así que tendría que oponerse a esta maniobra de control ‎occidental sobre la región, aunque aún está incompleta la preparación las fuerzas armadas chinas.‎
Por el contrario, Rusia y su inmenso territorio son autosuficientes. Moscú no tiene ninguna razón ‎material que lo obligue a luchar. Los rusos pudieran incluso sentir alivio ante la nueva orientación ‎de la OTAN. Sin embargo, es probable que, por motivos de orden espiritual, los rusos sigan apoyando ‎a Siria y que también respalden a otros pueblos del Medio Oriente ampliado. ‎
[2] “Blood borders - How a ‎better Middle East would look”, coronel Ralph Peters, Armed Forces Journal, junio de 2006.
[3] The ‎Pentagon’s New Map, Thomas P. M. Barnett, Putnam Publishing Group, 2004.

FUENTE: RED VOLTAIRE

jueves, 6 de julio de 2017

Islam y clericalismo en el Medio Oriente ampliado


En Occidente se ha puesto de moda disertar sobre «la compatibilidad entre el islam y la democracia» o sobre «el islam y el laicismo». Al plantear tales problemáticas se da a entender que el islam tiene por naturaleza un carácter clerical que, más que una religión, lo convertiría en una corriente política. Esto último implicaría que los musulmanes más «radicales» son terroristas y viceversa.
Sin embargo, hace un mes que el Medio Oriente ampliado, cuya población es mayoritariamente musulmana, viene dividiéndose entre los fieles de esa religión y los partidarios de una política que trata de manipularlos.

Un político puede ser ateo, agnóstico o creyente. Pero el hecho de que ese político diga estar al servicio de Dios no convierte a su partido político en una iglesia.

Algunos lectores interpretaron erróneamente una crónica anterior sobre la evolución del mundo musulmán. Por eso aclararé aquí los temas vinculados al islam, antes de tratar de describir con la mayor precisión posible su situación actual.

Primero que todo, si usted ve el islam como algo perfectamente definido es porque probablemente lo identifica con una sola de sus formas, cuando en realidad se trata de una religión que adopta formas muy diferentes… desde Marruecos hasta la región de Xinjiang [o Sinkiang]. Ya sea en el plano litúrgico o en el aspecto jurídico, no existen similitudes entre el islam que se practica en Sharjah [uno de los Emiratos Árabes Unidos] y el de Java.

El islam puede abordarse a partir de una lectura literal del Corán o a partir de su lectura contextualizada, e incluso partiendo de una crítica sobre la autenticidad del texto coránico actual.

Durante los 4 primeros siglos de existencia del islam, todos los musulmanes estimaban que era necesario interpretar el Corán. Eso dio lugar a la elaboración de 4 sistemas jurídicos diferentes: el hanafita, el malekita, el shafiita y el hanbalita, según las culturas locales. Pero a finales del siglo X, ante la expansión de esta religión y por temor a que acabara dividiéndose, el califa sunnita prohibió que la interpretación del Corán fuese más lejos. Sólo los chiitas siguieron adelante con la interpretación del Corán. Desde aquella época, el islam ha venido adaptándose como puede a las exigencias de su tiempo.

Contrariamente a las apariencias, si se adopta como principio el rechazo a la interpretación del texto, resulta imposible entender el Corán tal y como está redactado y su comprensión sólo es posible a través de la cultura propia. Dado el hecho que Mahoma vivió en Arabia, los sauditas estiman que ellos comprenden espontáneamente el sentido del Corán, como si su propia sociedad e incluso su lengua no hubiesen evolucionado desde hace 1 400 años. Para los sauditas, Mahoma validó los valores del tribalismo nómada, según afirmaba Mohammed ben Abdel Wahhab en el siglo XVII. O sea, los sauditas son «wahabitas». 

Por ejemplo, el Corán condena los ídolos y por eso los wahabitas destruyen las estatuas de los dioses de la Antigüedad, cosa que nunca hizo Mahoma, pero que corresponde a la cultura beduina. En el siglo VIII, los cristianos bizantinos también tuvieron que enfrentar a los «iconoclastas» sauditas que destruían las decoraciones de las iglesias. 

El tribalismo nómada desconoce la noción misma de Historia. Los wahabitas han llegado incluso a destruir la casa del profeta Mahoma en La Meca porque se había convertido en un lugar de peregrinaje, lo que ellos ven como idolatría. Yendo aún más lejos, durante los últimos años han destruido toda La Meca antigua, una ciudad magnífica y milenaria, porque culturalmente no ven absolutamente ningún tipo de interés en la conservación de “cosas viejas”.

Desde hace varios años, bajo la influencia del trabajo de exegetas europeos sobre la redacción de los textos bíblicos, algunos autores ponen en duda la autenticidad del texto coránico. 

En primer lugar, como medio de asentar su propia autoridad, el califa de Damasco mandó a comparar textos atribuidos a Mahoma, los utilizó para constituir el Corán y seguidamente ordenó quemar todas las demás antologías. Pero la palabra «Mahoma» no designa a una persona en particular. Es un título que se concede a los sabios. Es por ende posible que el Coránreproduzca las palabras de varios profetas, lo cual parece confirmado por la presencia de estilos literarios muy diferentes en el texto canónico. 

Los arqueólogos han descubiertos texto coránicos anteriores a la versión canónica del Corán. Existen diferencias, a veces significativas, entre esos textos, escritos además en alfabetos diferentes. En todo caso, el Corán canónico estaba escrito en un alfabeto simplificado, que se completó sólo mucho más tarde, en el siglo VIII. Esta`transcripción es en sí misma una interpretación y es posible que haya sido a veces errónea. 

Es evidente que algunas suras [1] del Corán retoman textos más antiguos utilizados por los cristianos de la región. Esos textos no se concibieron en árabe sino en arameo y algunos vocablos originarios aún se conservan en el texto definitivo. La lectura contemporánea de las suras es todavía objeto de numerosas incomprensiones. Por ejemplo, algo que no hará felices a los aspirantes a suicidas del Emirato Islámico (Daesh) es saber que la palabra “hurí” no se refiere precisamente a «vírgenes de bellos ojos» sino a «uvas blancas».

Hasta aquí las cosas son bastante simples: el islam es la religión del Corán. Pero la tradición concede casi la misma importancia a la leyenda dorada del profeta, o sea a los hadiz [2]. Se trata de obras escritas en muchos casos cientos de años después por personas que no podían haber sido testigos de los hechos que describen. Esos hechos son mucho más numerosos de los que una sola persona puede haber vivido a lo largo de una sola vida e ilustran opiniones muy diversas o incluso opuestas entre sí. El nivel intelectual de algunos hadizes simplemente espantoso y pueden ser utilizados para justificar cualquier cosa. El crédito que indebidamente se otorga a esos escritos totalmente fantásticos ha deformado profundamente la transmisión del mensaje coránico.

En la práctica, todas esas discusiones sirven para esconder una que resulta esencial: si bien la religión es aquello que trata de vincular al hombre con Dios, también es por ende propicia a todo tipo de engaños. Por ejemplo, ¿cómo puede alguien pretender que conoce a Dios si este último reviste una naturaleza radicalmente diferente y superior a la nuestra? Incluso suponiendo que Dios se haya expresado a través de los profetas, ¿cómo puede alguien afirmar que entiende lo que Dios supuestamente trató de decirnos? Nótese que, visto desde esa perspectiva, la cuestión de la existencia de Dios –o sea, de una conciencia superior a la nuestra– se vuelve algo carente de todo sentido. Eso es, por ejemplo, lo que sostenían, entre los cristianos, Gregorio Nacianceno y San Francisco de Asís.

Visto también desde ese ángulo, los hombres que tratan de acercarse a Dios –o sea, que tratan no de aplicar Su Ley sino de hacer que la naturaleza humana evolucione para hacerla más consciente– tienen tendencia a compartir su propia experiencia y, por ende, a formar iglesias. Para garantizar su funcionamiento, las iglesias tienden a formar lo que podríamos llamar “personal permanente”, o sea clérigos o imanes. En el cristianismo la función de clérigo no apareció hasta el siglo III, o sea varias generaciones después de la muerte de Jesús. En todas las religiones, los clérigos acaban gozando de un estatus de intermediarios entre los laicos y Dios. Pero ninguno de los fundadores de las grandes religiones creó él mismo una iglesia o clérigos.

Puede decirse que Europa sufrió un tremendo retroceso con las grandes invasiones (de los hunos y los godos) que destruyeron el imperio romano. De la misma manera, el mundo musulmán sufrió un retroceso similar con las invasiones mongolas (de Gengis Kan y Tamerlán). En Europa, ese trauma duró 3 siglos, pero en el mundo árabe se vio prolongado artificialmente por la colonización otomana y la colonización europea. Aunque ese factor nada tiene que ver con la historia del cristianismo ni con la historia del islam, hay clérigos que afirman que esos retrocesos fueron provocados por una generalización del pecado y que para regresar a la “edad de oro” basta con seguir la enseñanza que ellos imparten, en vez de reconstruir lo destruido.

Inexorablemente, algunos clérigos se implican en la política y pretenden imponer su visión de las cosas en nombre de Dios. Se produce entonces una rivalidad entre esos clérigos y los laicos. Por ejemplo, en Francia, en cuanto quedó atrás el trauma de las grandes invasiones, la realeza laica, aunque invocaba el «derecho divino», entró en conflicto con el papado clerical. En el mundo árabe, que es sólo una parte minoritaria del mundo musulmán, ese conflicto surgió con el proceso de descolonización y los movimientos de independencia. Los líderes nacionalistas, como Nasser y Ben Barka, entraron en conflicto con la Hermandad Musulmana. Durante la guerra fría, los líderes nacionalistas contaron con el respaldo de los soviéticos, mientras que la Hermandad Musulmana gozó del apoyo de la OTAN. La disolución de la URSS debilitó el campo nacionalista y se tradujo en una ola islamista. Más recientemente, la «primavera árabe» fue una operación de la OTAN destinada a eliminar definitivamente a los nacionalistas para entronizar a la Hermandad Musulmana. Las multitudes de las «primaveras árabes» no salían a las calles para luchar por el establecimiento de democracias sino que estaban convencidas, por el contrario, de que poniendo a la Hermandad Musulmana en el poder crearían una sociedad ideal y volverían a una edad de oro islámica. Pero, desde aquel momento hasta la actualidad, el desencanto ha sido muy grande.


El partido político que se identifica como Hermandad Musulmana fue recreado por los servicios secretos británicos, en 1951, sobre las ruinas de la organización homónima de Hassan al-Banna. La Hermandad Musulmana es la matriz del terrorismo en el mundo musulmán ya que en su seno se formaron todos los jefes de las organizaciones terroristas –desde Osama ben Laden hasta Abu Bakr al-Baghdadi. El partido político que se identifica como Hermandad Musulmana y sus organizaciones armadas trabajan en colaboración con las potencias imperialistas y no hay en todo eso absolutamente nada de religioso.

Es importante que se entienda que la Hermandad Musulmana y sus organizaciones yihadistas –como al-Qaeda y el Emirato Islámico (Daesh)– no se componen de musulmanes radicalizados, como tanto se afirma en Occidente. Dicho de otra manera, no son movimientos religiosos sino movimientos políticos. El hecho que esos grupos citen constantemente el Corán no hace de ellos movimientos religiosos sino sólo clericales.

El actual desencanto hacia la «primavera árabe» comenzó en Egipto, en junio de 2013, cuando 33 millones de ciudadanos desfilaron durante 5 días manifestándose en contra de la dictadura de Mohamed Morsi –miembro de la Hermandad Musulmana– y a favor del restablecimiento del orden constitucional mediante une intervención del ejército. Absolutamente todos los partidos políticos y las organizaciones religiosas de Egipto se unieron entonces alrededor del ejército egipcio en contra de la Hermandad Musulmana, o sea a favor del laicismo y en contra del clericalismo. Durante los meses posteriores, el jefe de las fuerzas armadas de Egipto, general Abdel Fattah al-Sissi, que ambicionaba convertirse en presidente, entregó a Arabia Saudita una serie de documentos confiscados en la sede egipcia de la Hermandad Musulmana. Esos documentos demostraban que miembros de la Hermandad Musulmana estaban preparando, desde Qatar, el derrocamiento de la familia Saud. La respuesta de Riad no se hizo esperar: arresto de varios miembros de la Hermandad Musulmana en Arabia Saudita, atentados en Qatar y apoyo incondicional a la elección del general al-Sissi como presidente de Egipto.

La situación de la familia Saud resultaba especialmente complicada ya que
no toda la Hermandad Musulmana estaba implicada en el complot;
desde 1961, la propia dinastía Saud había apoyado –con financiamiento– a la Hermandad Musulmana a través de la Liga Islámica Mundial;
el régimen mismo de los Saud se basa en el wahabismo y es por tanto de carácter clerical… al igual que la Hermandad Musulmana.

La dinastía Saud dio entonces carta blanca a una de sus ramas, la de los Nayef, para reprimir a los golpistas y restaurar el orden. Actuaron como ya lo habían hecho en 1990, durante la rebelión de los partidarios de Sourour. En aquel momento, un líder de la Hermandad Musulmana, Mohammed Sourour, había logrado convencer a algunos wahabitas sauditas para tratar de tomar el poder. La dinastía Saud logró vencer la rebelión pero sólo al cabo de 5 años [3].

Ese pasado salió nuevamente a flote en mayo de 2017, cuando el presidente estadounidense Donald Trump fue hasta Riad para exigir a las potencias musulmanas que acaben con la Hermandad Musulmana. En respuesta al llamado de Trump, los Saud han decidido romper con la cofradía e incluso abandonar el islam político.

Pero es importante que entendamos que ponerse del lado del laicismo no significa dejar de ser fundamentalista, salafista. La monarquía del rey Salman se encuentra en la misma posición que la monarquía francesa en tiempos de Felipe IV. Para acompañar esa evolución decisiva, el consejo de familia de los Saud aceptó –por 31 votos contra 4– preparar la abdicación del rey Salman, poner fin al traspaso del trono saudita de hermano a hermano, saltarse dos generaciones de aspirantes al trono y designar como próximo rey al príncipe Mohammed ben Salman –hijo del rey actual.

Por su parte, Qatar y la Hermandad Musulmana se acercaron rápidamente a Turquía y Pakistán. Lo más importante es que se aliaron a Irán, aunque siguen luchando contra los Guardianes de la Revolución iraníes en Siria y en Yemen. La razón del acercamiento a Teherán es que el gobierno del actual presidente iraní, el jeque Hassan Rohani, comparte la concepción clerical del islam que tienen Doha y la Hermandad Musulmana.

Ese viraje de Irán pone de relieve la existencia de una oposición entre el poder político iraní y su poder militar y se basa en el pacto concluido en el pasado entre el fundador de la primera versión de la Hermandad Musulmana, Hassan al-Banna, y el entonces joven ayatola Khomeiny. Según ese pacto, la Hermandad Musulmana se abstendría de iniciar una guerra religiosa entre sunnitas y chiitas, compromiso que voló en pedazos con la aparición de Daesh. El pacto de hoy se basa en las ambigüedades de la Revolución iraní de 1979 –movimiento laico de carácter antiimperialista y al mismo tiempo proceso identitario de carácter clerical– y en la evolución del Guía Alí Khamenei –simultáneamente líder de la Revolución mundial y político local encargado de velar por los equilibrios entre facciones.

Dado el contenido de las 13 exigencias que Arabia Saudita y Egipto han presentado a Qatar, es poco problable que el conflicto entre laicos y clericales se resuelva rápidamente. También se plantea aquí una pregunta fundamental: ¿Entenderán los occidentales lo que actualmente está en juego en el «Medio Oriente ampliado»? En el pasado presentaron como clerical al presidente iraní Ahmadineyad, afirmaron que el miembro de la Hermandad Musulmana Mohamed Morsi no había “arreglado” las elecciones en Egipto, y siguen afirmando que Libia y Siria no fueron blancos de agresiones exteriores sino teatros de una revolución democrática. Quien se empecina en mentirse a sí mismo… acaba perdiendo el contacto con la realidad.

sábado, 24 de junio de 2017

Reajustes en el Medio Oriente

por Thierry Meyssan
Los países del Medio Oriente ampliado se dividen ahora entre partidarios y adversarios del clericalismo, mientras que Washington, Moscú y Pekín negocian una nueva distribución de cartas. Thierry Meyssan evalúa el impacto de este verdadero terremoto en los conflictos que ya estaban desarrollándose en Palestina, en Siria e Irak, así como en Yemen.
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El jeque Tamin ben Hamad al-Thani, emir de Qatar.
La crisis diplomática alrededor de Qatar ha congelado varios conflictos regionales y disimulado varios intentos de arreglos vinculados a otros. Nadie sabe cuándo se levantará el telón, pero lo que sí es seguro es que cuando eso suceda veremos una región profundamente transformada.

1– El conflicto palestino

Desde que la mayoría de los palestinos fueron expulsados de su tierra –el 15 de mayo de 1948, en lo que hoy se designa como la Nakba– y que los pueblos árabes rechazaron aquella limpieza étnica, lo único que había modificado parcialmente la distribución del juego era la paz separada israelo-egipcia pactada en los acuerdos de Camp David (en 1978) y la promesa de resolver la cuestión palestina mediante la creación de dos Estados, surgida de los acuerdos de Oslo (en 1993).
Sin embargo, cuando la existencia de negociaciones secretas entre Irán y Estados Unidos se dio a conocer, Arabia Saudita e Israel decidieron conversar entre sí. Al cabo de 17 meses de encuentros secretos, se concluyó un acuerdo entre el Guardián de las Dos Mezquitas y el Estado judío [1]. Este acuerdo se concretó a través de la participación del ejército de Israel en la agresión contra Yemen [2] y de la entrega de bombas atómicas tácticas israelíes al reino de los Saud [3].
Recordemos que ese acuerdo también preveía hacer que Arabia Saudita evolucionara de forma tal que su sociedad siguiera siendo salafista y sus instituciones pasaran a ser laicas. Estipulaba además la independencia del Kurdistán iraquí –donde se realizará un referéndum en septiembre– y la explotación simultánea de los yacimientos de gas del desierto de Rub al-Khali (a menudo designado como The Empty Quarter), en territorios de Arabia Saudita y Yemen –yacimientos que son la verdadera razón de la actual guerra contra Yemen– y los de la región de Ogadén –lo cual explica la retirada, esta semana, de las tropas qataríes de la frontera con Yibuti.
Finalmente, Egipto cedió a Arabia Saudita las islas de Tiran y Sanafir, cumpliendo así el compromiso que había contraído hace un año. Al aceptar la posesión de esas islas, Riad reconoce de facto los acuerdos de Camp David, que estipulan la libre circulación de los barcos israelíes en las aguas circundantes. Israel incluso confirmó que ha recibido garantías de Arabia Saudita en ese sentido.
Es importante observar que lo que llevó a Egipto a ceder las islas no fue la presión de Arabia Saudita –aunque Riad bloqueó tanto sus entregas de petróleo al Cairo como un préstamo de 12 000 millones de dólares– sino la crisis diplomática del Golfo. Los Saud oficializaron su ruptura con la Hermandad Musulmana, proceso que ya venía avanzando desde que el presidente egipcio al-Sissi les entregó una serie de documentos que demostraban la existencia de un proyecto de golpe de Estado en Arabia Saudita en el que estaban implicados varios miembros de la cofradía. Al principio, Arabia Saudita creyó ser capaz de separar a los “buenos” de los “malos”, entre los miembros de la Hermandad Musulmana. El reino ya había acusado a Qatar de aportar respaldo a los golpistas, pero en aquel momento las cosas se desarrollaron por la vía pacífica. Actualmente, Riad tiene intenciones de luchar contra toda la Hermandad Musulmana y eso lo obliga a revisar su posición hacia Siria.
La cesión de las islas de Tiran y Sanafir, egipcias desde la Convención de Londres de 1840, no tiene otra razón de ser que permitir que Arabia Saudita reconozca de forma implícita –al cabo de 39 años– los acuerdos de paz separada firmados en Camp David entre Egipto e Israel.
Por su parte, Teherán acogió a la dirección política del Hamas –que se compone principalmente de miembros de la Hermandad Musulmana–, tanto en nombre de la solidaridad con la causa palestina como por el hecho que comparte con los dirigentes del Hamas la misma concepción del islam político.
La próxima etapa será el establecimiento de relaciones comerciales públicas entre Riad y Tel Aviv, que ya se mencionan en la edición del 17 de junio del diario británico The Times –varias empresas israelíes parecen haber sido autorizadas a operar en Arabia Saudita y la compañía aérea israelí El-Al podría utilizar el espacio aéreo saudita [4]–, y después vendrían el reconocimiento de la iniciativa de paz del príncipe saudita Abdala –adoptada por Liga Árabe en 2002– y el establecimiento de relaciones diplomáticas –el príncipe Walid ben Talal se convertiría en embajador del reino en Israel [5].
Ese proyecto podría conducir a la paz en Palestina (reconocimiento de un Estado palestino e indemnización para los refugiados), en Líbano (retirada israelí de las Granjas de Shebaa) y en Siria (cese del apoyo a los yihadistas y retirada israelí del Golán).
El tema del Golán ha de resultar particularmente difícil ya que el gobierno de Netanyahu ha reafirmado –en son de provocación– su anexión mientras que Estados Unidos y Rusia reaccionaron duramente ante la expulsión de la Fuerza de Naciones Unidas de Observación de la Separación (FNUOS) y la sustitución de sus cascos azules por los yihadistas de al-Qaeda [6]. No sería, sin embargo, imposible que durante la guerra en Siria, Washington o Moscú se hayan comprometido con Tel Aviv a mantener el statu quo en el Golán.
Ese proyecto de arreglo general es un reflejo del modus operandi de Donald Trump y Jared Kushner como hombres de negocios: crear una situación económica que impone un cambio político. Y encontrará probablemente la oposición de la Hermandad Musulmana (el Hamas) y del triángulo del islam político conformado por Irán, Qatar y Turquía.

2– El conflicto en territorios de Irak y Siria

Todos los actores regionales están de acuerdo en considerar que Irak y Siria constituyen en este momento un solo campo de batalla. Pero los occidentales, que se aferran a las mentiras de la administración de George Bush hijo –incluso cuando admiten la inexistencia de las armas de destrucción masiva que supuestamente tenía Saddam Hussein– y a la versión romántica de las «primaveras árabes» -incluso cuando reconocen que ese movimiento nunca trató de favorecer la libertad sino, por el contrario, de imponer el islam político– se obstinan en considerarlos dos escenarios diferentes.

En este punto, remito a nuestros lectores a mi libro Sous nos yeux en cuanto a cómo se inició esta guerra [7]. El hecho es que, desde el inicio de la crisis alrededor de Qatar, la guerra en Irak y en Siria se ha limitado a 
(1) la lucha contra el Emirato Islámico (Daesh), en Mosul y Raqqa, y a 
(2) la lucha contra Turquía, en Baachiqa y al-Bab [8].

Lo que resulta evidente para todos en la región es que, desde la llegada al poder del presidente chino Xi Jinping con el proyecto de creación de dos “rutas de la seda”, Washington ha estimulado la creación de un «Sunnistán» en territorios pertenecientes a Irak y a la República Árabe Siria. Con ese objetivo, Washington financió, armó y dirigió las fuerzas del Emirato Islámico para que bloquearan el eje de comunicación terrestre Beirut-Damasco-Bagdad-Teherán-Pekín.
Desde hace 4 meses, la administración Trump estudia y negocia de qué manera pudiera modificar esa política y reemplazar por una asociación con Pekín la actual situación de enfrentamiento [9].
Mientras que en el terreno asistimos a una verdadera sucesión de acontecimientos contradictorios, los ejércitos de Irak y de la República Árabe Siria han avanzado rápidamente desde el inicio de la crisis alrededor de Qatar. En su rápido avance hacia la frontera común, ambos ejércitos han liberado del control del Emirato Islámico sus zonas fronterizas y hoy están a punto de entrar en contacto –con lo cual restablecerían la ruta de la seda. Ya sólo los separan, en el punto de confluencia, unos 200 metros de terreno ilegalmente controlado por fuerzas de Estados Unidos [10].
En cuanto a los combates en el sur de Siria… han cesado inesperadamente. Damasco proclamó unilateralmente un alto al fuego en Deraa. En realidad, Moscú y Washington dieron a Tel Aviv garantías de que Siria sólo permitirá frente a la frontera israelí el despliegue de fuerzas rusas, excluyendo la presencia allí de fuerzas iraníes o del Hezbollah libanés.
En pocas palabras, si el Pentágono sigue las órdenes de la Casa Blanca, debería producirse un amplio cese del conflicto. Sólo quedaría por resolver entonces la ocupación turca de territorios en Irak y Siria, según el modelo de la ocupación turca en Chipre, situación a la que la Unión Europea se ha acomodado en una evidente muestra de cobardía. En la nueva situación, Estados Unidos y Arabia Saudita, hasta ahora enemigos de Irak y Siria, se convertirían nuevamente en sus aliados.

3– El conflicto en Yemen

Es posible que los yemenitas salgan perjudicados del actual cambio de situación. Aunque resulta totalmente evidente que Arabia Saudita entró en guerra para instalar en Yemen un régimen favorable a la explotación conjunta de los yacimientos de hidrocarburos del desierto de Rub al-Khali y para dar al príncipe Mohamed ben Salman la posibilidad de “acumular méritos”, la ayuda que Irán ha aportado a los Huthis y al ex presidente Saleh desvía las miradas de los países árabes y de la llamada «comunidad internacional» de los crímenes que allí se cometen.
En efecto, cada cual tiene que escoger su bando y casi todos han optado por ponerse del lado de Arabia Saudita contra Qatar y los aliados turcos e iraníes del pequeño emirato. Lo que pudiera ser positivo para Palestina, Irak y Siria resulta negativo para Yemen.

Conclusión

Desde el 5 de junio de 2017 y la ruptura de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita y Qatar, las cancillerías se preparan para una posible guerra, aunque sólo Alemania ha mencionado públicamente esa posibilidad. La situación es extremadamente sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta que no es Arabia Saudita sino Qatar quien ostenta el estatus de observador en el seno de la OTAN [11].
Mientras tanto, anuncios de dimisiones siguen llegando constantemente de Doha y van desde la embajadora estadounidense Dana Shell Smith hasta el entrenador uruguayo de la selección de futbol de Qatar, Jorge Fossati. Y no sólo los países que se han puesto del lado de Arabia Saudita han cortado sus relaciones comerciales con Qatar. También lo han hecho, ante el riesgo de guerra, numerosas empresas sin vínculos particulares con la región del Golfo, como la China Ocean Shipping Company (COSCO), la mayor compañía naviera de China y una de las más grandes del mundo.
En todo caso, aunque sus reclamos –basados en la historia– están realmente justificados, parece a todas luces imposible que Arabia Saudita anexe Qatar, teniendo en cuenta que antes se opuso a la anexión de Kuwait por parte del Irak de Saddam Hussein, basada exactamente en las mismas razones históricas. Una regla se impuso en el mundo desde los tiempos de la colonización británica: nadie tiene derecho a modificar las fronteras que Londres impuso con un solo objetivo, que es precisamente perennizar problemas insolubles para los Estados nacidos de los procesos de independencia.
De hecho, así logra Londres que esos Estados sigan dependiendo de su antigua metrópoli. En el caso que ahora nos ocupa, la próxima llegada de 43 000 soldados pakistaníes y turcos que asumirían la defensa de Qatar debería fortalecer su posición.
[2] «La Fuerza “Árabe” de Defensa Común», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 20 de abril de 2015.
[3] «¡El Medio Oriente está nuclearizado!», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 7 de marzo de 2016.
[4] “Saudi trade talks with Israel are historic first”, Michael Binyon y Gregg Carlstrom, The Times, 17 de junio de 2017.
[5] «Exclusivo: Arabia Saudita construye una embajada en Israel», Red Voltaire, 30 de mayo de 2016.
[6] «El Consejo de Seguridad de la ONU se dispone a exigir que Israel rompa con al-Qaeda», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 3 de julio de 2016.
[7] Sous nos Yeux. Du 11-Septembre à Donald Trump, éditions Demi-Lune, 2017. Este libro está actualmente en proceso de edición para su publicación en español.
[8] «Invasión militar turca en Irak», por Ibrahim Al-Jaafari, Red Voltaire, 19 de octubre de 2016.
[9] «Trump: los negocios contra la guerra», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 14 de febrero de 2017.
[10] «¿Impedirá Estados Unidos la reapertura de la ruta de la seda?», Red Voltaire, 17 de junio de 2017.
[11] «Israel y emires en la OTAN», por Manlio Dinucci, Il Manifesto (Italia) , Red Voltaire, 14 de mayo de 2016.

martes, 7 de marzo de 2017


El nuevo Orden Mediático Mundial

 | Damasco (Siria) | 7 de marzo de 2017

En sólo meses, el contenido de los medios de difusión nacionales e internacionales ha sufrido un profundo cambio en Occidente. Estamos siendo testigos del nacimiento de una “Entente” cuyos verdaderos iniciadores y objetivos reales aún se desconocen pero cuyas consecuencias directas contra la democracia ya son palpables.


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Occidente está atravesando una crisis sistémica sin precedente: poderosas fuerzas están orientando poco a poco a todos los medios de difusión en una dirección única. Simultáneamente, el contenido de los medios se transforma. El año pasado todavía mostraban cierta lógica y tendencia a la objetividad. Y se aportaban mutuamente la contradicción en una sana emulación. Ahora actúan como manada, basan su coherencia en la manipulación de emociones y arremeten con saña contra las personas a las que denuncian.
La idea de una Entente de los medios de difusión es la prolongación del experimento del International Consortium for Investigative Journalism (ICIJ) («Consorcio Internacional para el Periodismo de Investigación»), un ente que no reúne medios de difusión sino sólo periodistas a título individual y que se hizo célebre publicando información robada en la contabilidad de dos oficinas de abogados de las Islas Vírgenes Británicas, el gabinete PricewaterhouseCoopers (PwC), el banco HSBC y la oficina panameña Mossack Fonseca.
Si bien algunas sacaron a la luz verdaderos delitos de una que otra personalidad occidental, esas revelaciones fueron utilizadas principalmente para desacreditar a dirigentes chinos y rusos. Lo más importante es que, con el pretexto de contribuir a la lucha contra la corrupción, la violación de la confidencialidad de abogados y bancos perjudicó gravemente a miles de clientes honestos sin suscitar reacción alguna de parte de la opinión pública.
Desde hace alrededor de 40 años puede verse un reagrupamiento paulatino de los medios de difusión en trusts internacionales. Hoy en día, más de dos terceras partes de la prensa occidental pertenece a sólo 14 grupos (21st Century Fox, Bertelsmann, CBS Corporation, Comcast, Hearst Corporation, Lagardère Group, News Corp, Organizações Globo, Sony, Televisa, The Walt Disney Company, Time Warner, Viacom y Vivendi). En este momento, la alianza montada entre Google Media Lab y First Draft está creando vínculos entre esos grupos, que ya se hallaban en posición dominante.
En esa Entente mediática están además las 3 principales agencias de prensa del planeta –Associated Press (AP), la Agence France-Presse (AFP) y Reuters–, lo cual le garantiza una posición hegemónica en materia de información. Es evidente que se trata de un caso de «entendimiento ilícito» [1]. Pero su objetivo no es uniformizar precios sino uniformizar las mentes, imponer un pensamiento ya dominante.
Puede observarse que todos los miembros –sin excepción– de la Entente de Google ya han venido presentando, durante los últimos 6 años, una visión unívoca de lo que sucede en el Medio Oriente ampliado. Pero no existía entre ellos ninguna forma de concertación previa… o no se conocía. Es interesante ver que en esa Entente también se encuentran 5 de las 6 televisiones internacionales que participaron en el equipo de propaganda de la OTAN (Al-Jazeera, BBC, CNN, France24, Sky, sólo parece faltar Al-Arabiya).
En Estados Unidos, Francia y Alemania, Google y First Draft (expresión del inglés que significa «primer borrador» o «version uno») han reunido bajo su tutela medios localmente presentes en esos países y medios de alcance internacional, supuestamente para “verificar” la veracidad de ciertos argumentos. Además de que se desconoce quién se esconde detrás de First Draft y qué intereses han llevado una firma comercial especializada en informática a asumir el financiamiento de esta iniciativa, lo cierto es que el resultado no tiene mucho que ver con un regreso a la objetividad.
En primer lugar porque las imputaciones que esos entes “verifican” no se seleccionan en función de su importancia en el debate: se seleccionan porque las mencionan individuos a quienes esta Entente quiere denunciar. Esas verificaciones supuestamente deberían acercarnos a la verdad, pero no es así: lo que hacen es tratar de convencer al ciudadano de que los medios de la Entente son honestos y que las personas que los denuncian no lo son. El objetivo no es una mejor comprensión del mundo sino destruir la reputación de los individuos “incómodos”.
En segundo lugar porque una regla no escrita de esta Entente de medios es que se verifican solamente las afirmaciones de fuentes exteriores a esa Entente… pero sus miembros no se critican entre sí. Lo que buscan es reforzar la idea de que el mundo se divide en dos bandos: «nosotros», –que decimos la verdad– y «los otros» –obligatoriamente mentirosos. Esta manera de proceder viola el principio del pluralismo, elemento básico de la democracia, y abre el camino a la imposición de una sociedad totalitaria. Pero eso no es nada nuevo porque ya vimos su aplicación en la cobertura de las primaveras árabes y de las guerras contra Libia y Siria. La diferencia es que ahora se aplica, por vez primera, a una corriente occidental de pensamiento.
Y, finalmente, porque las imputaciones que esa Entente califica de «falsas» nunca serán vistas como errores, siempre serán consideradas como mentiras. O sea, se trata a priori de atribuir a «los otros» intenciones maquiavélicas, para desacreditarlos. Con ello se viola la presunción de inocencia, principio básico de la justicia.
Por todas esas razones, el funcionamiento del Consorcio Internacional para el Periodismo de Investigación y el de la Entente creada por Google y First Draft contradicen la Carta de Munich de la Organización Internacional de Periodistas (OIP), concretamente los artículos 2, 4, 5 y 9, de su título II.
No por casualidad vemos como avanzan acciones judiciales descabelladas precisamente contra los mismos que ya son blanco de la Entente de medios de difusión. En Estados Unidos desenterraron la ley Logan para utilizarla contra el equipo de Donald Trump, un texto que nunca llegó a aplicarse desde su adopción, hace 2 siglos. En Francia, han recurrido a la ley Jolibois contra los tweets políticos de Marine Le Pen, un texto que la jurisprudencia había limitado a la difusión (por demás posible bajo ciertas condiciones) de algunas revistas ultrapornográficas. La erradicación del principio de presunción de inocencia, en los casos de los individuos a eliminar, permite llevarlos al banquillo de los acusados con cualquier pretexto jurídico. Es importante observar que las acusaciones que se esgrimen recurriendo a esas leyes contra el equipo de Trump (en Estados Unidos) y contra Marine Le Pen (en Francia), podrían servir también contra muchas otras personalidades… pero nadie lo hace.
Por otro lado, la ciudadanía ya no reacciona cuando es la Entente mediática quien divulga acusaciones falsas. Por ejemplo, en Estados Unidos ese ente inventó que los servicios secretos rusos tenían un expediente comprometedor sobre Donald Trump y que lo estaban chantajeando. En Francia, esa misma Entente inventó que es posible emplear ficticiamente a una asistente parlamentaria, delito que atribuyó a Francois Fillon… candidato “incómodo” a la presidencia.
En Estados Unidos, los miembros, grandes o pequeños, de la Entente mediática están arremetiendo contra el presidente. Sus informaciones provienen de las intercepciones telefónicas que la administración Obama ordenó indebidamente contra el equipo de Trump. Todo eso demuestra que existe una coordinación entre la Entente mediática y los magistrados que utilizan las alegaciones que esta divulga para bloquear la acción gubernamental de la actual administración. Se trata, indiscutiblemente, de un sistema mafioso.
Los medios estadounidenses y franceses están atacando implacablemente a dos candidatos a la presidencia de Francia: Francois Fillon y Marine Le Pen. Al problema general de la Entente mediática se agrega en este caso la impresión errónea de que ambos blancos son víctimas de una conjura franco-francesa, cuando en realidad las órdenes vienen de Estados Unidos. Los franceses están comprobando que sus medios emiten información sesgada, creen –erróneamente– que se trata de una campaña contra la derecha y buscan –también erróneamente– a los manipuladores en su propio país.
En Alemania, esta Entente todavía no resulta efectiva, sólo debería serlo durante las elecciones legislativas.
En tiempos del Watergate, ciertos medios dijeron ser un «Cuarto Poder», después del poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. Afirmaron que la prensa ejercía sobre el gobierno una función de control en nombre del Pueblo. Ni siquiera entraremos a mencionar aquí el hecho que lo que en aquel momento se imputó al presidente Nixon fue haber ordenado interceptar los teléfonos del partido de oposición, lo mismo que ha hecho Obama. Hoy se sabe que «Garganta Profunda», la fuente del escándalo del Watergate, lejos de ser un denunciante ciudadano –los españoles dirían un “alertador”– era nada más y nada menos que Mark Felt, alto responsable del FBI que incluso se había convertido en número 2 de esa agencia federal a finales de los años 1960. El manejo de aquel escándalo en realidad fue parte de la lucha entre una facción de la administración y la Casa Blanca y los electores fueron simplemente manipulados por ambos bandos a la vez.
Aceptar la idea del «Cuarto Poder» sería reconocer a los 14 trusts que poseen la gran mayoría de los medios de prensa occidentales la misma legitimidad que al conjunto de la ciudadanía. Sería confirmar el reemplazo de la democracia por una oligarquía.
Queda un punto por aclarar. ¿Cómo elije la Entente mediática los blancos de sus ataques? Lo único que Donald Trump, Francois Fillon y Marine Le Pen tienen en común es que quieren reanudar los contactos con Rusia y luchar a su lado contra la matriz del yihadismo, que es la Hermandad Musulmana. Aunque Francois Fillon ya fue primer ministro de un gobierno que estuvo implicado en esos acontecimientos, los tres encarnan la corriente de pensamiento que contradice la versión dominante sobre las primaveras árabes y sobre las guerras contra Libia y Siria.

[1] En francés, entente illicite. Nota del Traductor.